El doctor Julio Castro, especialista en Infectología y Medicina Interna, relata en esta crónica su visita al Hospital de Campaña de la Cruz Roja Venezolana en Macuto y revive un vínculo con la Sociedad Nacional que comenzó hace más de cuatro décadas
Recibí una invitación de la Cruz Roja Venezolana para conocer de cerca su operación médica y humanitaria en La Guaira. Acepté con interés profesional, pero también con una emoción difícil de separar de mi propia historia. Mi relación con la Cruz Roja no comenzó ayer: atraviesa más de cuatro décadas de mi vida.
Mi primer contacto formal con el mundo de la salud ocurrió en 1981, cuando todavía estudiaba bachillerato. Hice entonces el curso de primeros auxilios de la Cruz Roja Venezolana y, posteriormente, me incorporé como voluntario. Allí aprendí no solamente a colocar un vendaje, evaluar una herida o responder ante una emergencia. Aprendí los principios fundamentales de la Cruz Roja: humanidad, imparcialidad, neutralidad, independencia, voluntariado, unidad y universalidad.
Con los años comprendí que esos principios no son palabras destinadas a permanecer escritas en una pared. Son una forma de actuar cuando las circunstancias son difíciles, cuando los recursos son escasos y cuando ayudar a otro ser humano exige disciplina, serenidad y compromiso.
Durante la carrera de Medicina fui interno del Hospital de la Cruz Roja. Mucho tiempo después, en 2017, formé parte de Primeros Auxilios UCV. En aquellos meses complejos recibimos orientación para el trabajo de campo y la atención de personas heridas por parte de equipos con experiencia previa en la Cruz Roja. Una vez más, la institución aparecía en un momento decisivo, vinculando el conocimiento técnico con la responsabilidad de acompañar a quienes más lo necesitaban.
En febrero de 2020 viajé a Ginebra para participar en una audiencia de las Naciones Unidas relacionada con la emergencia humanitaria compleja venezolana. Durante ese viaje visité la sede de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Conversamos sobre el papel que debía cumplir la Cruz Roja Venezolana en medio de la emergencia.
Al mismo tiempo, en las oficinas de la Organización Mundial de la Salud, observábamos con preocupación los datos de una enfermedad respiratoria severa que ya había atravesado varios continentes. Era el preámbulo de algo que todavía no alcanzamos a dimensionar plenamente, pero que pocas semanas después transformaría al mundo: la pandemia de COVID-19.
Desde entonces he intercambiado impresiones, proyectos y datos con integrantes de los equipos logísticos y operativos de la Cruz Roja Venezolana. Siempre he encontrado profesionales de alto nivel, personas capaces de trabajar bajo presión y de comprender que la acción humanitaria requiere tanto sensibilidad como organización.

Hoy la Cruz Roja Venezolana cuenta con un nuevo equipo directivo, integrado en buena medida por jóvenes profesionales venezolanos profundamente comprometidos con su función. Allí encontré amigos de muchos años, antiguos pacientes, estudiantes de posgrado y jóvenes que, por su edad, bien podrían ser mis hijos. Verlos asumir responsabilidades tan importantes genera una mezcla de afecto, orgullo y esperanza.
Con ellos bajé a La Guaira para visitar dos centros de atención. El primero está ubicado frente al Hospital San José de Maiquetía. El segundo funciona en el estadio de béisbol Fórum de La Guaira.

En esos espacios tuve el honor de estrechar la mano de voluntarios provenientes de países hermanos: España, Italia, Noruega y México. Trabajaban junto con los equipos venezolanos atendiendo diariamente entre 400 y 500 pacientes de las comunidades cercanas. Detrás de esas cifras había rostros, historias y necesidades concretas. También había organización, capacidad técnica y una voluntad evidente de servir.
Como amigo del béisbol, siempre me impresiona entrar en un estadio. Los campos tienen una fuerza particular: la extensión del terreno, las gradas, la memoria de los juegos y esa sensación de que algo importante puede comenzar con el próximo lanzamiento. Estar en un escenario de esa magnitud y verlo convertido, además, en un espacio de acción humanitaria resultaba especialmente cautivador.
Pero la imagen más poderosa de la jornada no surgió del terreno de juego, sino del bullpen.
Allí funcionaba una planta procesadora capaz de producir aproximadamente 80.000 litros diarios de agua potable. La instalación estaba operada por tres voluntarias venezolanas especialmente entrenadas en WASH, el área dedicada al agua, el saneamiento y la higiene. Provenían de Guasdualito, Porlamar y Cumaná. Tres lugares distintos del país reunidos en un mismo espacio por una tarea esencial: garantizar agua segura para las comunidades.

Una de ellas realizó frente a nosotros una prueba sencilla de calidad del agua. Llenó un cilindro y nos mostró cómo, desde la parte superior, podía observarse claramente un círculo negro ubicado en el fondo.
La prueba estaba superada.
Ver el fondo significaba que el agua poseía la transparencia necesaria. Era agua apta para ser distribuida y consumida. Sin embargo, mientras observaba aquel círculo negro perfectamente visible, pensé que la escena contenía un significado mayor.
La transparencia del agua se convirtió para mí en la imagen de todo el viaje.
No se trataba solamente de la transparencia física que permite asegurar la calidad del agua. También era la transparencia que debe acompañar la gestión humanitaria, el uso de los recursos, la ejecución de los proyectos y la responsabilidad de quienes dirigen una institución.
La calidad del agua necesita ser evaluada de manera recurrente. No basta con que una prueba resulte satisfactoria una sola vez. Es necesario medir, verificar, corregir y volver a medir. Lo mismo ocurre con la gestión. La confianza no se decreta ni se obtiene de manera permanente: se construye y se renueva mediante evidencias, resultados, rendición de cuentas y apertura.
De aquella visita me traje la imagen del agua transparente, pero también la impresión de una nueva directiva comprometida, de voluntarios llenos de energía y de equipos nacionales e internacionales trabajando juntos para ampliar el espacio humanitario en Venezuela.
Durante las conversaciones surgieron proyectos, ideas y posibilidades de colaboración. Pero, por encima de todo, quedó la certeza de que existen venezolanos dedicados a mejorar la realidad de otros venezolanos. Personas que, incluso en circunstancias adversas, han decidido organizarse, capacitarse y actuar.
Al despedirme compartí con ellos una frase tomada de amigos, que expresé más como una certeza que como una recomendación:
“El bien hay que hacerlo bien”.
También les dije:
“La última palabra sobre nuestro destino no la tienen las grietas ni los escombros. La tienen nuestras manos y nuestra voluntad de mejorar nuestra realidad”.
Después de aquella jornada en La Guaira, esa idea parecía aún más evidente. Frente a las dificultades, las carencias y las heridas del país, había manos atendiendo pacientes, manos operando una planta de agua, manos realizando pruebas de calidad y manos extendidas entre voluntarios de diferentes regiones y países.
Regresé con proyectos por desarrollar y conversaciones por continuar. Pero, sobre todo, regresé con una imagen sencilla y luminosa: la posibilidad de mirar a través del agua y ver claramente el fondo.
Quizás eso sea lo que más necesitamos en Venezuela: instituciones en las que podamos mirar con claridad, comprender lo que se hace, verificar cómo se hace y confiar en que cada esfuerzo está verdaderamente orientado al bien común.